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domingo, 1 de enero de 2012

Día 01

Lo que en junio empezó como deseo, quedó como un pretexto apilado, diluido, desteñido, como el par de ojos que miraron hacia otro lado sin siquiera, levantar la vista al cielo. Aferrados a un pasado que duele, sangra, pero que todavía sostiene...Se quedaron girando sobre la misma canción.


Hoy el día fue más lento que frío. Se despertó despacio como liberado de la carga que el tiempo, las decepciones y ausencias, se aferraban a su espalda.
Los gritos de la noche anterior se ahogaron ante la sombra del cansancio que se apoderó de toda la ciudad. No quedó tiempo para contemplar los propósitos que lentamente crecían entre las banquetas. Ni siquiera para arrancar la mala hierba que hostigaba cada nuevo deseo.

Descalzo tomé rumbo al destino, sin saber a ciencia cierta su dirección. No importa, tengo todo el año por perder y miles de pasos por dirigir. Nunca he creído en la suerte, así que lo más probable es que la encuentre a la vuelta de la esquina, ansiosa porque le crea, para que le de sentido a sus existencia y necesidad de su presencia en mi vida. Quizás me acompañe un par de veces, dejando al azar la gran responsabilidad de recomponer el rumbo y así encontrar al dichoso destino.

Me distraje hasta el momento en que el antojo cambió de color en mi boca y, entre reclamos, dejó toda su amargura regada por mi lengua. Aún así, no dejé de masticar. Me tragué mi orgullo junto con las últimas migajas de su existencia.

No era para menos. Ya no tenía caso exponerse al paso de tantas miradas que simplemente la despreciaban por vieja. Toda cubierta de blanco, se cubría de la lluvia pero no podía evitar ya más la humedad, hasta que llegó a mi boca. La misma boca que acabó pronto con ella.

Después de eso no quedó mucho de que hablar y el sueño llegó. Lo cubrió todo hasta el momento en que el hambre hilvanó un par de estrofas que cantaron diez sirenas que no se dejaban ver, y no por exceso de pudor, sino porque estaban planeando una emboscada para Morfeo.


La sirena más vieja dirigiría al par de pequeñas, para evitar que su curiosidad echara a perderlo todo.Ocultas detrás de tres rocas, como punta de lanza estarían las más fuertes dejando, por supuesto, a la de pechos más llenos al frente.


Y no es porque Morfeo se sorprenda por voluptousidades que él mismo diseña para los miles de sueños que reparte cada noche, sino por su incontrolable afición por la leche que, desde niño, aprecia más que cualquiera. No sólo por sus sabores, como también por los recuerdos que, de la Vìa Láctea, cabalgan en su mente y desencadenan una vorágine de ideas y nuevos sueños por publicar en las mentes de los incautos que piensan que soñar no es necesario.


Como es el caso del viejo secretario de la estación de policía. Él decía que, después de tantos y tantos sucesos, reclamos, peticiones, agradecimientos y sobresaltos, ya no habría nada que lo inspirara a sorprenderse por alguna novedad en sus sueños.

Morfeo lo habìa intentado todo... Llevarlo al vientre de una loba. Cambiarle la edad, el sexo, sus creencias (o falta de las mismas). Depositarlo en mundos desconocidos. Reencontrarlo con amores y desamores. Con amigos, enemigos y gente que ni siquiera se tomaba la molestia de recordar... Incluso lo llevó a mundos fantásticos llenos de color y luz. O de repente carentes de todo ello. Donde las formas eran rígidas y desconocidas, o cambiantes y fácilmente confundidas... De círculos a triángulos, de esferas a cubos, de curvas a líneas que no distinguían principio ni final, como aquellos dibujos complejos realizados en un solo trazo y que, por lo mismo, nunca podrían ser llamadas como rectas, ni siquiera curvas o espirales.


Y debatiendo dónde empezaría el nuevo sueño... cayó la noche.

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